Durante años, Stephen Miller fue identificado como el rostro más duro de la política interna de Donald Trump: el asesor que impulsó deportaciones masivas, la separación de familias migrantes y una narrativa excluyente que tensó los límites constitucionales de Estados Unidos. Hoy, su figura se vuelve más amplia y preocupante, ya que Miller no solo moldea el trato del Estado hacia “los otros” dentro del país, sino que exporta esa misma lógica autoritaria al escenario internacional.
El reciente perfil publicado por The New York Times no describe una radicalización súbita, sino la consolidación más profunda de una visión del poder que desprecia abiertamente los frenos institucionales, el derecho internacional y la diplomacia. En este marco, Groenlandia y Venezuela aparecen no como sujetos soberanos, sino como territorios estratégicos, depósitos de recursos y espacios administrables por la fuerza.
La doctrina de la fuerza como política exterior
Cuando Miller afirma que el mundo “se rige por la fortaleza, la fuerza y el poder”, no está provocando para ganar reflectores. Está definiendo una doctrina de gobierno. Bajo esta lógica, el uso de la coerción —económica, política o militar— deja de ser excepcional y se convierte en método preferente.
La amenaza de anexionar Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía danesa y aliado dentro de la OTAN, rompe con uno de los consensos fundamentales del orden internacional posterior a 1945: la prohibición de adquirir territorios por la fuerza. De forma paralela, Venezuela es presentada como un país susceptible de ser gobernado y explotado tras una intervención militar, bajo el argumento de seguridad y estabilidad regional.
No es una retórica nueva en la historia, pero sí resulta inquietante escucharla desde el centro del poder estadounidense en pleno siglo XXI, sin matices ni contrapesos visibles.
Un segundo mandato sin frenos
La diferencia clave respecto al primer mandato de Trump no es el discurso, sino la ausencia de contención. Los asesores que antes relativizaban o diluían las amenazas ya no están. Miller cuenta con plena confianza presidencial, una estructura propia y un rol central en decisiones estratégicas. No es un ideólogo marginal sino un operador con poder real.
Sus aliados lo describen como “pragmático”. Pero ese pragmatismo implica costos profundos que impactan en la erosión del derecho internacional, deterioro de alianzas históricas y normalización del uso de la fuerza como herramienta política. Cuando una potencia redefine el mundo únicamente desde sus intereses inmediatos, no solo transforma la geopolítica, además desestabiliza las reglas que contenían, parcialmente, el conflicto.
América Latina frente a un escenario conocido
Para América Latina, este giro no es abstracto. La región conoce bien las consecuencias de una política exterior estadounidense basada en la tutela, la intervención y la explotación de recursos. El caso venezolano, tal como lo plantea Miller, revive una lógica del patio trasero que muchos creían superada, administrada desde Washington bajo el lenguaje de la seguridad y el orden.
Aquí es donde México no puede permanecer como espectador pasivo. La historia, la geografía y la interdependencia económica colocan al país en una posición especialmente sensible. Una política exterior estadounidense que normaliza la imposición y desprecia la soberanía ajena termina inevitablemente impactando la relación bilateral, ya sea en materia migratoria, comercial o de seguridad.
Nuestro país enfrenta la disyuntiva compleja de guardar silencio estratégico o reafirmar principios históricos de política exterior, como la autodeterminación de los pueblos y la no intervención, no como consignas retóricas, sino como herramientas reales de posicionamiento internacional.
Una advertencia que no debería ignorarse
Stephen Miller no es la causa del giro autoritario, sino su síntoma más claro. Su ascenso muestra que, en el actual equilibrio de poder en Washington, ya no se busca moderación, sino obediencia; ya no se privilegia la negociación, sino la imposición.
Para América Latina —y particularmente para México— el mensaje es claro: cuando una potencia decide que la fuerza sustituye a las reglas, nadie queda fuera del radio de impacto. Ignorarlo no lo hace desaparecer; analizarlo y nombrarlo, en cambio, es el primer paso para no repetir una historia que la región ya conoce demasiado bien.






















































