El primer mes del año ha transcurrido en medio de un escenario político internacional – y también nacional- que se puede calificar como caótico, la frágil coexistencia entre las naciones se ha venido deteriorando en los últimos años y continuamente parecemos estar en peligro de una conflagración mundial de dimensiones inimaginables.
Tanto en lo local, como en lo global, las posturas y opiniones parecen haberse radicalizado y a la menor provocación, los ánimos se exaltan y asistimos asombrados al renacimiento de ideologías que si bien, nunca fueron erradicadas, sí pensábamos bajo el control de un sistema jurídico internacional que más o menos todas las naciones respetaban. La palabra que actualmente parece describir las relaciones entre países es: incertidumbre. Entre la guerra de tarifas, las amenazas de intervención y las acciones bélicas, lideradas por el hegemón norteamericano, nos encontramos ante la posibilidad de que aquello, que hasta hace poco parecían meras declaraciones o fanfarronerías, se convierta en realidades cuyas consecuencias no alcanzamos a vislumbrar.
En medio de este sombrío panorama, la Asamblea de las Naciones Unidas, a pesar de que varios actores políticos han puesto en duda su relevancia -particularmente cuando los resultados de sus votaciones no favorecen las acciones que realizan-, hace un esfuerzo mediante la resolución A/RES/79/269, emitida en marzo del año pasado, para llamar a sus miembros a promover una cultura de paz y una coexistencia pacífica, con base en el respeto por la diversidad y en el respeto mutuo, con miras a lograr el entendimiento entre las culturas, en dicha resolución se declara el 28 de enero como el Día internacional de la coexistencia pacífica.
La ONU nos recuerda este día que la paz no se limita a la ausencia de guerra.
En 1989 UNESCO adoptó el concepto de cultura de paz para ayudar a construir una nueva visión de la paz, basada en valores universales de respeto por la vida, la libertad, la justicia, la solidaridad, la tolerancia, los derechos humanos y la igualdad.
Si bien en estos momentos el mundo resiente las consecuencias de conflictos armados activos en diferentes latitudes (que amenazan con expandirse territorialmente), además de que mandatarios en funciones han sido señalados por la Corte Penal Internacional por cometer crímenes de lesa humanidad (tal es el caso de Benjamín Netanyahu y Vladimir Putin), hay algo que cada vez va quedando más claro a las y los ciudadanos en otras latitudes: se puede no estar en guerra y aún así no vivir en paz.
Así lo constatan quienes viven en entornos en los que temen por su seguridad, como en países como el nuestro en donde la delincuencia organizada, principalmente, mantiene a la población en constante estado de temor; también lo saben quienes ven limitados sus derechos más básicos como la seguridad alimentaria, como Gaza, a pesar de un supuesto alto al fuego, Sudán o Haití, entre otros; también quienes ven negados sus derechos a la participación política y social y a la libre expresión, pues cada vez son más frecuentes las imágenes que provienen de países que se precian de ser democráticos, en donde se observan brutales agresiones a quienes se manifiestan de forma pacífica (Alemania, Francia y Estados Unidos, por ejemplo).
Tampoco pueden decir que viven en paz a quienes se les vulnera el derecho a vivir una vida libre de violencia en su propia escuela o peor aún, en su propia casa; o quienes no pueden disfrutar de un medio ambiente sano, o a quienes se les niega el acceso a la justicia. Como podemos notar, el concepto de paz es mucho más amplio de lo que tradicionalmente asociamos con él.
¿Podemos, a pesar y por encima de nuestras diferencias, lograr un diálogo respetuoso y fructífero?
En el Manifiesto de Sevilla (1989), se busca destruir algunos mitos sobre la supuesta inclinación natural del ser humano a la violencia y propone la revolucionaria idea de que la paz es posible, que la guerra es una invención de la sociedad y que, por lo tanto, «la misma especie que inventó la guerra es capaz de inventar la paz».
Nos encontramos ante un reto mayúsculo, pues hoy estamos siendo testigos de flagrantes violaciones al derecho internacional, de agresiones a la institucionalidad de la ONU, así como de la continua reiteración del uso de la fuerza para conseguir objetivos y metas; las nuevas generaciones observan a sociedades enteras glorificando a los violentos y desestimando el papel de las instituciones de justicia internacional que se crearon como fruto de esfuerzos diplomáticos que buscaban evitar que la humanidad reincidiera en conflagraciones de consecuencias irreversibles .
La reflexión de esta fecha es más que pertinente ¿estamos a tiempo de retomar las vías del diálogo y el respeto mutuo para conseguir una coexistencia pacífica?, ¿somos capaces de aceptar y reconocer al otro, al diferente en su plena dignidad como persona?






















































