Antes de conocer una cabina de radio, Kathya Soto Gómez ya tenía un micrófono. A veces era un cepillo. Otras veces bastaba con ponerse frente a sus compañeros para conducir alguna ceremonia escolar. Hablar, cantar y colocarse frente a los demás eran parte del juego.
Muchos años después descubriría que aquello tenía algo de premonitorio.
Kathya inicialmente pensaba estudiar Administración, hasta que una Exporienta modificó el rumbo. La Licenciatura en Comunicación reunía cosas que le interesaban por separado y que ahí aparecían juntas, como el diseño gráfico, la fotografía, la televisión y, por supuesto, la radio.
Durante la carrera comenzaron a aparecer también algunos referentes. Escuchaba a Fernanda Tapia y seguía la propuesta de Radioactivo, una estación que terminó interesándole tanto que la convirtió en tema de su tesis.
Pero una cosa era escuchar la radio y otra descubrir qué ocurría cuando se encendía el micrófono.
Cuando llegó el momento de realizar su servicio social, Kathya se acercó a Grupo ACIR. Ahí pasó por distintas estaciones y formatos hasta enfrentarse a ese instante que cualquier locutor recuerda, la primera vez al aire.
“La primera vez que entré al aire me sentí muy cómoda, como que fluí muy bien. Los nervios me vinieron cuando salí del aire y me di cuenta de que había estado frente al micrófono y que del otro lado había muchas personas desconocidas para mí, pero que me escuchaban”, compartió.
La radio había dejado de ser una posibilidad profesional. Se había convertido en el lugar donde quería estar.
Aprender a dejar respirar las palabras
Después de cinco años en la radio comercial, Kathya llegó a UniRadio, la estación de la Universidad Autónoma del Estado de México.
El cambio de cabina también implicó cambiar de ritmo.
En las estaciones comerciales había aprendido a condensar información, aprovechar segundos y mantener una velocidad constante. La radio universitaria le mostró otra posibilidad, detenerse, escuchar una conversación y permitir que una historia tuviera más tiempo para desarrollarse.
Diecinueve años después, continúa frente al micrófono.
Entre los espacios en los que participa se encuentra Signos en Rotación, una revista cultural que reúne contenidos sobre ecología, bienestar, salud mental, alimentación y arte. También conduce En Voz Alta, dedicado a mostrar el trabajo de integrantes de la comunidad universitaria y de personas vinculadas con ella.
Para Kathya, buena parte del sentido de una estación universitaria está precisamente en hablar de aquello que no necesariamente encuentra lugar en los medios comerciales.
“Una estación de radio universitaria tiene la finalidad de hablar sobre contenidos que son de mucho valor, que tienen que ver con mucha cultura y que probablemente no encuentras en los medios que son comerciales. Aquí somos como el lado B, pero siempre también con contenidos que nos parece que son interesantes y que pueden ser importantes para la gente que está del otro lado”, afirmó.
Ese “lado B” también describe, de alguna manera, lo que ocurre detrás de cualquier voz que escuchamos al aire. Mientras un programa comienza y termina, fuera de la cabina continúa la vida.
La familia detrás del micrófono
Kathya es esposa y madre de dos hijos. Ambos han crecido cerca de la estación y de una profesión que, inevitablemente, también terminó formando parte de su propia historia familiar.
Durante esos años tuvo que aprender algo que no aparece en ningún manual de locución, cómo combinar el trabajo con la maternidad.
En esa tarea reconoce dos elementos fundamentales, el respaldo de su esposo y las condiciones laborales que le permitieron mantener presentes ambas facetas.
“Es importante estar en un lugar en donde tengas un horario flexible, y afortunadamente aquí en la Universidad lo he tenido. Además de eso, siempre tuve el respaldo total de mi esposo, un horario mucho más amigable para ser mamá, y afortunadamente he podido tener estas dos facetas presentes en mi vida sin descuidar una o la otra”, compartió.
Pero la vida fuera de la cabina no solamente estuvo marcada por la crianza.
Uno de los momentos más difíciles llegó con la enfermedad de su padre. Una operación permitió conocer que padecía una enfermedad avanzada. Durante sus últimos días, Kathya pudo acompañarlo y permanecer también cerca de su madre, mientras continuaba con sus responsabilidades profesionales.
La experiencia terminó sumándose a todo aquello que ocurre mientras una voz sigue saliendo al aire y que la audiencia pocas veces alcanza a conocer.
Porque detrás de cada programa también existen pérdidas, familias, preocupaciones, aprendizajes y días particularmente difíciles.
Más de dos décadas después de aquella primera experiencia frente a un micrófono, Kathya reconoce que tuvo la fortuna de convertir algo que disfrutaba en su trabajo cotidiano.
“Cuando tú ejerces tu pasión, se convierte en un motor diario. Cuando estás a gusto con tu trabajo, cuando hiciste una buena elección de carrera, es espléndido. El hecho de que yo esté haciendo lo que me gusta es sin duda una motivación, una casa, en donde sabes que te la vas a pasar bien y estarás presente en la vida de muchas personas”, concluyó.
Quizá por eso aquellos juegos infantiles hoy se leen de otra manera.
La niña que convertía un cepillo en micrófono todavía está ahí. Sólo que ahora, del otro lado, hay alguien escuchando.






















































