Toluca, Méx. Viernes 24 de julio de 2026. Antes de que concluya julio, la humanidad habrá consumido los recursos naturales que el planeta puede regenerar durante todo un año. A partir de ese momento comenzará a acumular una nueva deuda ecológica, alimentada por la deforestación, las emisiones contaminantes, la pérdida de biodiversidad y modelos de producción y consumo que ejercen una presión creciente sobre los ecosistemas.
El Día de la Sobrecapacidad de la Tierra ocurrirá este año el 30 de julio. La fecha funciona como una advertencia sobre la velocidad con la que se utilizan bosques, agua, suelos, alimentos y otras riquezas naturales, explicó Ruth Moreno Barajas, profesora e investigadora de la Facultad de Planeación Urbana y Regional de la Universidad Autónoma del Estado de México.
La especialista señaló que este indicador se obtiene mediante el cálculo de la huella ecológica, que estima la superficie biológicamente productiva necesaria para cubrir las necesidades de alimentación, vivienda, transporte, energía y consumo de la población. Cuando esa demanda supera la capacidad de regeneración de la naturaleza, se produce un déficit ecológico.
En términos globales, la humanidad utiliza actualmente los recursos naturales a una velocidad equivalente a 1.7 planetas. Esto significa que los ecosistemas necesitan cerca de un año y ocho meses para recuperar lo que se consume y desecha en apenas doce meses.
Una deuda que se refleja en agua, clima y biodiversidad
Moreno Barajas explicó que la sobreexplotación ambiental no es un fenómeno aislado. Sus efectos pueden observarse en el cambio climático, la escasez de agua, la degradación de los suelos, la desaparición de especies y el aumento de fenómenos meteorológicos extremos.
Entre las actividades que más contribuyen a esta presión se encuentran la deforestación, el cambio de uso de suelo, la producción intensiva, el consumo desmedido y el traslado de mercancías a grandes distancias. Además de requerir enormes cantidades de energía y materias primas, estos procesos incrementan las emisiones de gases de efecto invernadero y reducen la capacidad de los bosques para capturar carbono.
Aunque la magnitud del problema exige políticas públicas y transformaciones económicas profundas, la investigadora consideró que las decisiones cotidianas también pueden disminuir la huella ambiental. Comprar productos locales, evitar desperdicios, separar materiales reciclables, cuidar el agua, reparar objetos antes de desecharlos y utilizar medios de transporte menos contaminantes son algunas de las medidas que pueden incorporarse de manera constante.
No se trata únicamente de consumir menos, sino de cuestionar de dónde provienen los productos, cuánto duran y qué ocurre con ellos después de ser desechados.
Universidades frente al desafío ambiental
La académica afirmó que las universidades públicas tienen una responsabilidad estratégica en la formación de profesionistas capaces de comprender los límites ecológicos y desarrollar soluciones aplicables en sus comunidades.
En el caso de la UAEMéx, la sostenibilidad se aborda desde la docencia, la investigación y distintos programas relacionados con el ahorro de energía, la gestión de residuos, el reciclaje de aparatos electrónicos y la promoción del consumo responsable.
Sin embargo, Moreno Barajas sostuvo que las acciones institucionales deben trasladarse también a los hogares, centros de trabajo y espacios públicos. En ese proceso, las y los estudiantes pueden convertirse en agentes de cambio al compartir conocimientos y modificar prácticas normalizadas que generan desperdicio o un uso excesivo de recursos.
La investigadora consideró necesario fortalecer las políticas destinadas a proteger las áreas naturales, garantizar una gestión sustentable del agua, mejorar la movilidad urbana y consolidar sistemas eficientes de manejo de residuos. También planteó que la educación ambiental debe dejar de ser un tema complementario y convertirse en un componente permanente de las decisiones públicas.
El Día de la Sobrecapacidad de la Tierra recuerda que el deterioro ambiental no pertenece a un futuro lejano. La deuda ecológica se acumula cada año y sus consecuencias ya forman parte de la vida cotidiana. Retrasar esa fecha dependerá tanto de cambios estructurales como de una relación más responsable con los recursos que sostienen la vida.






















































