La historia de México no puede comprenderse únicamente a partir de sus raíces indígenas y españolas. En la construcción cultural, económica y social del país también existe una profunda herencia africana, preservada durante siglos por mujeres que transmitieron conocimientos, costumbres y formas de entender la vida, pese a permanecer prácticamente ausentes de los relatos oficiales.
Con motivo del Día Internacional de la Mujer Afrodescendiente, que se conmemora cada 25 de julio, la académica de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México, Georgina Flores García, señaló que reconocer esta presencia no sólo permite recuperar una parte olvidada del pasado, sino también comprender la diversidad que conforma actualmente al país.
La especialista explicó que la invisibilización de la población afrodescendiente se profundizó durante el siglo XIX, cuando comenzó a promoverse una idea de identidad nacional que privilegiaba el mestizaje entre lo indígena y lo europeo. Esa narrativa dejó fuera a comunidades enteras y provocó que varias generaciones crecieran sin identificar las aportaciones africanas presentes en el lenguaje, la gastronomía, las tradiciones y la vida cotidiana.
Una herencia que permanece en la vida diaria
La presencia de personas provenientes de África en el territorio mexicano se remonta al periodo virreinal. Desde entonces, las mujeres afrodescendientes tuvieron un papel decisivo dentro de sus comunidades, tanto en la conservación de saberes como en la transmisión de prácticas culturales que con el paso del tiempo se incorporaron a la identidad nacional.
Flores García sostuvo que la influencia africana puede encontrarse en alimentos, palabras, expresiones artísticas y costumbres ampliamente extendidas. Productos como la jamaica, el azúcar y el café, explicó, permiten observar que esa herencia continúa presente en las mesas mexicanas, aunque pocas veces se reconozca su origen.
“África es parte de nuestra maternidad. En la profundidad de nuestra historia están ellas, las mujeres a las que les debemos mucho”, expresó la universitaria.
El desconocimiento de estas aportaciones, añadió, no es únicamente una omisión histórica. También puede favorecer la reproducción de prejuicios, prácticas discriminatorias y estereotipos que afectan con mayor intensidad a las mujeres afrodescendientes, debido a la combinación de desigualdades relacionadas con el género, el origen étnico y las condiciones sociales.
Educación para combatir la discriminación
Para la investigadora, las universidades tienen la responsabilidad de ampliar la enseñanza de la historia y ofrecer herramientas que permitan reconocer la pluralidad del país. La inclusión, afirmó, no consiste solamente en incorporar personas a determinados espacios, sino en escuchar sus experiencias, reconocer sus derechos y comprender que forman parte de una historia compartida.
“La educación y la conciencia histórica son fundamentales. Si en la universidad contamos con una enseñanza incluyente, poco a poco será posible generar un cambio”, señaló.
De acuerdo con Flores García, la población afrodescendiente mantiene una presencia relevante en estados como Guerrero, Oaxaca, Veracruz y el Estado de México. Su participación también ha ganado terreno en la vida pública por medio de activistas, legisladoras y defensoras de derechos humanos que han impulsado reformas sociales y cuestionado estereotipos raciales y de género.
Entre ellas mencionó a Rosa María Castro Salinas, Rosa María Hernández Fita y Celeste Sánchez Sugía, quienes han participado desde distintos ámbitos en la defensa de derechos y en la visibilización de las comunidades afromexicanas.
También destacó la realización del Encuentro Nacional de Pueblos Negros en Pinotepa Nacional, donde comunidades, especialistas y organizaciones analizan los problemas que enfrenta esta población y difunden sus manifestaciones artísticas, gastronómicas y culturales.
En esta conmemoración, Flores García llamó a mirar la historia desde una perspectiva más amplia y a reconocer a las mujeres que resistieron la exclusión y conservaron una herencia que continúa viva. “La mujer afrodescendiente no forma parte de una historia ajena. Es parte de lo que somos como país”, concluyó.























































